Esteban Ruíz García
En el libro II de “Naturales Quaestiones” de Séneca, dirigido al famoso Lucilio, vemos ya la admiración del hombre antiguo por ese momento mágico de las tormentas. Es un libro muy curioso dedicado a reflexionar sobre diversos aspectos físicos de la atmósfera (el granizo, las nubes, la nieve, los vientos, etc…), y también sobre lo que los romanos llamaban “fenómenos ígneos” que ocurren en el aire. Especialmente el relámpago, el rayo, el trueno, fenómenos que parece que “incendian” el cielo. Séneca los diferencia de los cometas y otros fenómenos que ocurren sobre nuestras cabezas. En ese librito, Séneca analiza el rayo no sólo como fenómeno físico, sino como experiencia casi filosófica (filosófica en el sentido de que su presencia en soledad te ayuda a pensar o te pone en la situación de reflexionar sobre distintos temas): la tormenta como manifestación de un cosmos racional y poderoso, aunque también violento, así lo veía él.
Nos dice Séneca: “Nada hay más admirable que los rayos y los truenos, cuando consideramos no el miedo que infunden, sino la grandeza de la naturaleza que revelan.”
José Antonio Gallego Poveda