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El cambio climático está poniendo a prueba la resistencia al fuego de los bosques autóctonos

Los brotes verdes suelen emerger de los troncos negros de los árboles y del suelo en los días posteriores a los incendios forestales gracias a la notable capacidad de muchas plantas autóctonas para sobrevivir incluso a las llamas más intensas.

Pero en los últimos años, la duración, la frecuencia y la intensidad de las temporadas de incendios forestales en países como Australia, Bolivia, Argentina o España han aumentado. Y empeorarán aún más con el cambio climático.

También se prevé que aumenten las sequías y las olas de calor, y el cambio climático puede afectar además a la incidencia de brotes de insectos plaga, aunque es difícil de predecir.

¿Cómo harán frente nuestros ecosistemas a esta combinación de amenazas? En nuestro artículo recientemente publicado, tratamos de responder exactamente a esta pregunta, y las noticias no son buenas.

Descubrimos que, aunque muchas plantas son realmente buenas para resistir ciertos tipos de fuego, la combinación de sequía, olas de calor e insectos plaga puede llevar a muchas plantas adaptadas al fuego al borde del abismo en el futuro. Los devastadores incendios de sexta generación nos están dando una muestra de este futuro.
 
Ejemplos de plantas adaptadas al fuego: prolífica floración de las flores rosas de franela (arriba a la izquierda), nuevo follaje rebrotando en el geebung (arriba a la derecha), liberación de semillas de un cono de banksia (abajo a la izquierda), y una plántula de banksia vieja (abajo a la derecha). Rachael Nolan

¿Qué ocurre cuando los incendios son más frecuentes?

Hace pocos días nos llegaban desde California las imágenes del General Sherman, el árbol más voluminoso del mundo, cubierto en papel de aluminio para proteger su base de los incendios que acechan al Parque Nacional de las Secuoyas.

Al otro lado del mundo, en Australia, hemos visto peligrar los bosques de fresno alpino: árboles que llegan a los 90 metros de altura y albergan la mayor concentración de carbono en la Tierra, produciendo unos hábitats ciertamente únicos. Cuando se produce un incendio grave en estos bosques, los árboles maduros mueren y el bosque se regenera por completo a partir de las semillas que caen del dosel muerto.

Sin embargo, estos árboles que vuelven a crecer no producen semillas de forma fiable hasta que tienen 15 años. Algo parecido ocurre en los pinares que rodean la costa mediterránea, desde el Levante español hasta Israel. Esto significa que si el fuego vuelve a producirse durante este periodo los árboles no se regenerarán y los bosques de fresnos o los pinares costeros se derrumbarán.

 
De fresno a ceniza: a la izquierda, bosque de fresnos sin quemar en las tierras altas centrales de Victoria (el detalle en la parte inferior derecha incluye a uno de los autores para tener idea del tamaño de los árboles); a la derecha, bosque de fresnos que ha sido quemado por varios incendios forestales de gran gravedad en el Parque Nacional Alpino. Si no se interviene, esta zona dejará de estar dominada por el fresno y pasará a ser un matorral o un pastizal. T. Fairman y V. Resco

¿Qué ocurre cuando las temporadas de incendios se alargan?

Unas temporadas de incendios más largas implican más posibilidades de que las especies ardan en una época del año que se sale de la norma histórica. Esto puede tener consecuencias devastadoras para las poblaciones de plantas.

Los cada vez más frecuentes incendios en invierno pueden amenazar, por ejemplo, a especies como el icónico lirio gymea. Esta especie florece después de los incendios, pero una nueva investigación demostró que cuando los incendios se producen fuera del verano no florece tanto y cambia la química de sus semillas.

 
 
Los incendios fuera de temporada podrían tener un impacto a largo plazo en los lirios gymea. Shutterstock

Cuando la sequía y las olas de calor se agravan

En el período previo a los incendios de sexta generación que hemos vivido recientemente en PortugalChile o Bolivia, experimentamos condiciones particularmente cálidas y secas.

Al hacer frente a la sequía y al estrés térmico, especies como los robles, el haya antártica o las araucarias pueden deshidratarse antes del incendio. Cuando eso pasa, las “tuberías” internas que transportan el agua de la raíz a la hoja quedan dañadas, imposibilitando el rebrote por la falta de agua. Este fenómeno impide que especies adaptadas al fuego puedan hacer llegar el agua a la copa y no se recuperan del incendio.

Por lo tanto, el fuego puede asestar el golpe final a las plantas rebrotadoras que ya sufren de sequía y estrés térmico.

 
Bosque de eucaliptos con estrés por sequía en 2019 (izquierda) y encinas con síntomas de puntisecado (derecha). Rachael Nolan y Víctor Resco

La sequía y las olas de calor también podrían suponer un gran problema para las especies que dependen de la germinación para sobrevivir tras el incendio, como muchas especies de pinos, romeros y jaras.

La sequía y el estrés térmico pueden reducir la producción y viabilidad de las semillas al limitar la floración y el desarrollo de las semillas, o pueden promover la germinación antes de tiempo.

Por ejemplo, en muchos ecosistemas europeos y americanos se requieren temperaturas de entre 40 ℃ y 100 ℃ para romper el letargo de las semillas almacenadas en el suelo y provocar la germinación. Pero durante las olas de calor, las temperaturas del suelo pueden ser lo suficientemente altas como para romper estos umbrales de temperatura. Esto significa que las semillas podrían liberarse antes del incendio, y no estarán disponibles para germinar después de que éste se produzca.