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Apocalipsis climático

La concienciación por el medio ambiente lleva ya a muchos ciudadanos a tomar medidas que a otros nos pueden parecer extremas. ¿Es posible reducir la huella de carbono individual sin dificultad?

Estamos en una carrera contrarreloj. Se necesita una acción climática urgente si queremos ganar» la batalla contra el cambio climático, recordó hace unos días el secretario general de la ONU, António Guterres. Una llamada de atención para que los países vengan con los deberes hechos a la Cumbre que arranca el lunes para evitar que se acabe convirtiendo en una más. Urge actuar. Hace ya casi un año, que la ONU pidió tomar medidas «sin precedentes» para limitar la subida de la temperatura global a 1,5 grados. Se requieren cambios drásticos tanto a nivel social como global para evitar daños irreversibles en el planeta.

La ciudadanía no solo participa en las marchas, ya de por sí importantes para exigir a los líderes que actúen y no solo digan buenas palabras, sino que cada vez son más los que predican con el ejemplo. Es el caso de Luis González Reyes. Él sabe bien que alrededor de dos tercios de las emisiones de gases de efecto invernadero mundiales están ligadas a la quema de combustibles fósiles que se emplean para calefacción, electricidad, transporte e industria. Por eso explica con orgullo el proyecto de la cooperativa Entrepatios, en el que lleva años trabajando y que se convertirá en el primer bloque de viviendas cohousing de Madrid. Unas viviendas bioclimáticas que no son de propiedad privada sino colectiva, que están construidas con materiales renovables (madera FSC, por ejemplo) y que contarán con paneles solares fotovoltaicos en toda la cubierta y un sistema de calefacción por aerotermia. Y lo más importante, un bloque en el que se ha primado por encima de todo el aislamiento para evitar consumos energéticos innecesarios. Él y su familia esperan ir a vivir a esta vivienda este verano. Lo que restará aún más carbono a su huella ambiental. Un carbono que no calcula, pero a tenor de sus esfuerzos es sin duda mucho menor que la del resto. Así, según explica Luis, «nunca viajo en avión por la Península. No sabría decirte hace cuánto no viajamos en avión, pero como mínimo siete años porque mis hijos, de siete y cuatro, no han volado en su vida». Tampoco tienen coche, pese a tener él y su pareja carné. En Madrid, no lo necesitan, tampoco cuando se van al pueblo, «tenemos suerte de poder ir allí en tren». «Hasta este año yo llevaba a los niños en la bici, ahora que van pesando más, vamos en transporte público y andando, y luego yo me voy en bici al trabajo». También cumplen con la petición de la ONU de comer menos carne como medida frente a la crisis climática, aunque no son veganos ni vegetarianos. «Mi pareja y yo comemos una o dos veces por semana carne, y suele coincidir cuando vamos a casa de nuestros padres. Mis hijos, sí comen más en el colegio, pero luego en casa no». Luis prima los productos cercanos y de temporada, lo que reduce la huella de carbono de los alimentos, una cesta de la compra que realizan en la cooperativa de consumo de Ecologistas en Acción. Y cumplen quizá uno de los criterios más importantes: la R de reducir. Y no solo en envases, que también. «Nosotros compramos la ropa de segunda mano y los niños nunca llevan nada comprado quitando la interior y el calzado. Llevan ropa que nos pasan amigos y gente cercana y te diré que lo que les hace ilusión es lo nuevo, cuando ven que llegamos con una bolsa aunque no sea nueva de verdad». Le preguntamos si esa decisión la respetan también las abuelas, y «sí, las tenemos bastante contenidas. Mi madre, eso sí, le compra cuentos». ¿Pero es difícil? «Hay algunas medidas que suponen un esfuerzo, como cuando nuestros hijos eran pequeños y tras los dos primeros meses de pañales de usar y tirar utilizábamos lavables, otras no, como hacer la compra, son cosas asequibles que podemos hacer todos», afirma Luis, que hace hincapié en que «individualmente podemos hacer más cosas de las que pensamos, pero en colectivo más aún».

«Todo depende de lo que hagamos ahora»

Y ésa es la esencia de la lucha: «El cambio climático es ya irreversible, pero la clave es que, depende de lo que hagamos en los próximos cinco o diez años, el cambio puede ser moderado o muchísimo peor. La crisis climática requiere cambios individuales, colectivos y también un plano de acción política». Otro ejemplo es Marta Bordons, de Valencina de la Concepción, en Sevilla. «Dejé de comer carne y pescado hace cuatro años. Me fue fácil porque en aquella época vivía en Alemania. Además, compro productos de proximidad y de temporada», explica. Pese a su juventud, Marta ha «renunciado a comprar ropa en tiendas al uso. Toda es de segunda mano desde hace cuatro años por lo menos. No es ningún trauma, mi madre me lo inculcó y además así ahorro muchísimo dinero. Solo compro alguna que otra camiseta para apoyar a colectivos». Su siguiente objetivo es no montar en avión: «Este verano, por ejemplo, viajé por Europa en autobús y en tren y fue más fácil de lo que pensaba. A mí me gusta viajar, pero tengo que aprender a hacerlo de forma sostenible». En cuanto al apartado de la energía, que es el más importante, en su casa, «no uso el aire acondicionado, ponemos el toldo». En cuanto a los desplazamientos, Marta trata siempre de ir en en transporte público o en bici». Igual que Laura y Alberto. «Nos desplazamos andando o en bici», explica él. Ya no vuelan. «Yo he pasado de tener que volar por trabajo dos veces a la semana a ir caminado al trabajo», añade Laura. Ambos son socios del Supermercado cooperativo La Osa, que promueve productos de temporada y de cercanía. «Es fundamental. La naturaleza es muy sabia, hay que tener equilibrio entre nuestras necesidades y lo que aporta la Tierra, no cambiar los ciclos o traer productos de la otra parte del planeta porque tiene unos costes ambientales elevadísimos aunque no se reflejen en el precio», explica Tomás Fuentes uno de los promotores de La Osa. «Además –prosigue Laura– la energía en casa la tenemos contratada con una cooperativa que certifica su procedencia renovable». Y también ha decidido reducir su huella diaria. «Me he dado cuenta de que no necesito nada. Mis sábados no son para comprar ropa, así que me he marcado como objetivo no comprar ropa al menos durante un año», afirma Laura, quien reconoce que «me da mucho miedo el cambio climático cuando pienso en mis sobrinos. Hay que hablar ya de crisis climática. Los científicos llevan décadas diciéndolo, pero no hemos interiorizado que lo que tenemos ya aquí. Por eso, no vale solo con manifestarse, es necesario hacer algo más». La amenaza es real. La contaminación y el calentamiento global complican las enfermedades respiratorias. Y si no que se lo digan a José Antonio Pérez. Como a cualquier otro ciudadano se le irritan los pulmones con la contaminación. Pero en el caso de este ingeniero informático de 40 años es peor. A los tres años le diagnosticaron fibrosis quística, un trastorno genético que provoca acumulación de moco en los pulmones y en el tubo digestivo, entre otras cosas: «La simpleza de respirar es para mí un esfuerzo titánico que no se alivia ni con una siesta. Cuando despierto, las partículas en suspensión siguen inamovibles». «La rutina –explica– empieza a primera hora. Inhaladores de acción rápida para relajar los músculos de las paredes en pocos minutos y facilitar la apertura de los conductos. Media hora de fisioterapia. Por la tarde, de nuevo inhaladores con corticoide. Y otra media hora más de fisioterapia. Es el patrón que sigo día a día». «Cualquier iniciativa que sirva para mejorar el aire la respaldo. Pero las ciudades no están bien planificadas para que sus habitantes puedan reducir su huella de carbono». Este ingeniero, que a veces usa mascarilla, confía en que las generaciones más jóvenes asumirán como propio el desafío: la emergencia climática.

 Larazon.es