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Una «caja negra» diseñada por científicos españoles nos cuenta qué está pasando en el interior de la Antártida

Investigadores de la Universidad Autónoma de Madrid y de la Agencia Estatal de Meteorología enviaron durante el pasado verano antártico una estación meteorológica automática al interior de la Antártida a bordo del Trineo del Viento, un vehículo polar cero-emisiones.

El pasado mes de enero, un extraño vehículo recorría uno de los lugares menos explorados de la Tierra, la gran meseta del interior de la Antártida. El Trineo del Viento es un vehículo cero-emisiones que se desliza sobre el hielo, navegando con la sola fuerza del viento mediante un sistema de cometas de gran tamaño, en uno de los entornos más hostiles del planeta.

A bordo, cuatro exploradores españoles han convertido en realidad el sueño de los científicos del proyecto MICROAIRPOLAR: tomar medidas y muestras donde nadie lo había hecho antes. «En un escenario de cambio climático, es fundamental tener datos in situ sobre el clima de la Antártida», explica Antonio Quesada, investigador principal del proyecto. Por tanto, era imprescindible conseguir instalar a bordo una estación meteorológica que registrara de manera automática durante toda la travesía la temperatura, la humedad y la velocidad del viento.

La construcción de la estación, que comenzó en mayo de 2018, fue llevada a cabo por un equipo multidisciplinar coordinado por los doctores Ana Justel y Antonio Quesada de la UAM, del que han formado parte Sergi González, Manuel Bañón, José Vicente Albero y Francisco Vasallo de la AEMET y Pablo Sanz de la UAM. No fue un trabajo fácil. «El reto tecnológico al que nos enfrentábamos era complejo, ya que teníamos que diseñar una estación meteorológica capaz de trabajar a temperaturas próximas a -50 °C», explica Ana Justel. Finalmente, la temperatura más baja que se registró fue -42,2 °C. Todos los instrumentos y los materiales debían resistir y no quebrarse a bajas temperaturas, sobre todo teniendo en cuenta que el trineo iba a someterlos a fuertes golpes cuando navegara sobre los sastrugi, que son las irregularidades del terreno helado de la Antártida que forma el viento. «En el diseño, ¡nada podía fallar! Un solo componente inadecuado y nos quedábamos sin los preciados datos», concluye Ana Justel. Todos los cables, conectores, baterías, e incluso el mismo contenedor, funcionaron perfectamente en estas condiciones tan extremas. «Lo logramos, y el conjunto resulto ser un sistema muy robusto que funcionó de manera muy satisfactoria», apunta Antonio Quesada. Eso permitió recoger unos datos muy valiosos de forma sostenible para el medio ambiente en un entorno en el que lo habitual es emplear grandes convoyes de tractores excesivamente costosos y contaminantes.